I
Ustedes visteis la otrora luz
del “Inocente” marcado.
Entre flores y noche otoñada
recogía insomnes trinos
de estrellas desvencijadas.
Hoy cuelga sus luciérnagas
en la cueva abisal de su mente,
cristalinos trinos de fulgor
perenne, tras la saliva montañosa,
oh, candor de noche efímera,
virginea, de amor puro,
tierra en luna
y hogueras capaces,
de repentina sien,
y mirada rápida,
de luz vieja,
entre céfiros vetustos;
sin apariencia ni dolor mudo.
II
De postrer regazo,
su purísimo hielo,
de metal postrado
a las fauces,
entre cimas
y valles desangelados,
que calma baila
sigilosa,
de otra aurora eternal,
y sola hoja, flameando,
un viento de todos y ninguno,
de música encima las nubes,
ríos y copas azules,
amor de quieto éxtasis
y luna de ferviente tajo,
oh, mágico ventisquero
encima un blindado
contaba huecos en ausencia
de la pelusa.
III
Arrepentimiento abría
la tierra, de mágica, ignorada
melancolía niña,
oh asido del destino,
traslúcido, de eje y tersura,
enhechizado de inevitable
sortilegio, y rayo frío,
celestial, era este
un suspiro sideral,
guerra tierna vuelta
oscura espada solar,
palabras estremecidas
por cenizas grises
álamos,
ferviente colorea mi lux,
adivina mi forma,
en silencioso verbo
perenne como hoja de ciprés
su enhiesta sombra.
El Inocente
Miguel Esteban Martínez García
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